J., un amigo de toda la vida, me llamó por teléfono la semana pasada. No lo identifiqué en el acto porque la pantalla de mi alcatel está dañada y no se ve nada; sé quién me llama sólo después que contesto.
-¿Aló?
-Aló.
En vez de preguntar quién era, dije:
-¿Sí?
-Nojoda C., qué más, qué andas haciendo -reconocí la voz gruesa de J. al otro lado de la línea.
-Man, diligencias. Y ¿tú qué?
-Papi todo bien, aquí en el pueblo. Mi mamá me dijo que no te ha visto más correr en las mañanas. ¿Dónde estás?
-Acá en Cartagena. Me vine desde hace ya varios días.
-Hey, tenemos que hablar. Hace rato que no hablamos. Estoy trabajando en la gobernación. Es sólo por unos meses, pero algo es algo.
-Me alegra, man. Apenas regrese llego a tu casa. De pronto viaje mañana o pasado mañana.
-Yo voy a estar aquí hasta el martes. Pero llama cuando vengas a la casa, porque a veces estoy donde la suegra. Tenemos que echar la hablada.
-Todo bien que eso va.
-Quedamos así entonces.
-Ya.
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