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viernes, 3 de abril de 2026

Neurosis



"El proceso creador no es doloroso, aunque sí es un trabajo duro. Escribir es una ocupación muy absorbente y, a veces, agotadora. Uno siente, antes que nada, el imperativo de ordenar los hechos que uno observa y darle significación a la vida; y junto con eso va el amor a las palabras por las palabras mismas y el deseo de manejarlas... No creo que la capacidad creadora sea un síntoma neurótico. Por el contrario, el neurótico que logra triunfar como artista ha tenido que vencer una tremenda desventaja. Crea a pesar de su neurosis, no gracias a ella."

Aldous Huxley

viernes, 26 de diciembre de 2025

Autobiográfico


Tengo dudas de cómo llamar ese relato. Hay varios títulos en mente pero ninguno me satisface. Lo escribí porque necesitaba matar a la persona que había sido, para no hacerlo yo.

domingo, 1 de junio de 2025

BRINDO


Por todos aquellos que se la jugaron
Por todos los que han estado
Delante de mí
A muchos les debo 
Que hayan salvado
Mi vida
Levanto mi copa de vino
Brindo por sus agallas
Su temple
Su talento
A la hora de escribir
Su afán de no rendirse
Por todo lo que han dejado
Salud

martes, 4 de febrero de 2025

DALTON


<<Tu mamá me envió una foto
donde está ella con Dalton>>,
me dice mi mujer desde
la sala del apartamento 
mientras yo estoy en el cuarto.
<<A mí también me la mandó>>,
le digo. Mi mujer comenta:
<<¿Sabes lo triste que tu mamá
sería si no tuviera a Dalton?>>
Me deja pensando un momento.

En la foto, tomada con su celular,
mi madre aparece junto al perro, 
un cruce de labradora y lobo.
Ambos miran a la cámara,
ella sonreída y él todo serio.
Es un perro muy inteligente.
Mi madre lo ama, él la cuida, 
la quiere como yo no he sabido 
quererla, y mi padre tampoco.

sábado, 28 de diciembre de 2024

Tercer mundo



Es triste y desesperanzador saber que en Latinoamérica no hay revistas independientes serias, respetables, a las que poder enviar tus textos inéditos; que publiquen autores desconocidos, y si no, que al menos te devuelvan una nota de rechazo. Esos fracasos con respuesta pueden ayudar de alguna u otra forma. Pero ni siquiera eso. Odio vivir en este Tercer Mundo Desolador Miserable Infernal.

domingo, 22 de diciembre de 2024

Un übermensch malogrado

Reseña de Mañana, cuando encuentren mi cadáver, novela de Adolfo Ariza Navarro.




Hace años estaba yo en el centro de la ciudad y, al cruzar una avenida, vi una señora de avanzada edad, humilde, que iba en un estado deplorable: llevaba muletas y caminaba con mucha dificultad, pues tenía una pierna enyesada. Yo me le acerqué y traté de ayudarla a cruzar por la cebra. Pero ella, con una expresión dura en su rostro arrugado, apartó el brazo y vociferó una serie ininteligible de vulgaridades. No tuve más remedio que seguir mi camino. Me di cuenta de cuánta amargura había en su alma, cuánto dolor, cuántos golpes de la vida habría recibido aquella mujer para despotricar así. Bueno, esto viene a cuento porque al pensar en el protagonista de Mañana, cuando encuentren mi cadáver, aunque son casos distintos, en los dos habita el mismo rencor, la misma rabia, la misma impotencia de su situación.

El protagonista de Mañana... es quien narra la historia. Pero él sería más bien un no-protagonista, porque, debido a un accidente de tránsito que lo dejó inútil, ya no puede tomar parte en la vida, y la observa, la analiza desde una silla de ruedas. Es incapaz de comunicarse, una afasia motora lo aísla del mundo. "Dentro de mí, pensamiento y palabra no concuerdan. Lo que sale de mis labios no es lo que suelo pensar ni lo que espero decir. Lo que pienso y desearía decir, siempre es peor. Hay alguien que lleva las riendas dentro de mí. No me deja expresar. Me mantiene frenado, como con una rienda de caballo". Adolfo Ariza utiliza la técnica del monólogo interior para meternos en la mente del anónimo sujeto. Y desde allí lo vemos, o mejor, lo escuchamos dinamitar la realidad, volarla en miles de pedazos. García Márquez dijo una vez en una entrevista que su mayor deseo era observar la vida desde la muerte. Este parece ser un buen ejemplo de ello. Es como si se mirara el mundo a través del orificio de un ataúd, o de una pared, tal como el protagonista mirón de Infierno, de Henri Barbusse. Nada conforme, sopesa y juzga desde una perspectiva individualista, anárquica, contraria a toda convención social; lo hace con una mueca burlona y mordaz en el rostro, develando todo el absurdo cotidiano que los demás ponen en marcha de forma maquinal.

Su mirada lúcida se pasea por las calles de su ciudad, de su barrio y su gente. Disecciona un mapa moral de los modelos de comportamiento que a simple vista son normales en una sociedad, pero en cuyo fondo subyace la locura. Acaso él también pudiera estar loco. Sus reflexiones nos muestran ese lado de la moneda que nadie quiere o querría contemplar, por ser demasiado outsiders. Es un cabrón, pero, pobre hombre. Si su esposa, la mujer que lo tiene a su cuidado, pudiera comprenderlo, quizá encontrara un triste paliativo para su profundo dolor; sin embargo es la que menos lo entiende cuando trata de decirle algo. La considera una imbécil, entre otras cosas porque se mantiene a su lado aún después del accidente. Ella le dice que él haría lo mismo si estuviera en su lugar. Él se burla de su ingenuidad. Claro que no lo haría. Estando así, su esposa está más tranquila y hasta se alegra porque ya no puede tener amantes. Era un tipo promiscuo, dueño de un buen trozo de carne, por el cual su pena no fuese tan amarga si no hubiera sido una de las víctimas del siniestro.

Este übermensch malogrado de la costa caribe colombiana, sin voluntad de poder, cita a Nietzsche como si tal cosa y es capaz de señalar una falla lógica del filósofo alemán. Su vasta cultura no impide que se exprese con groserías. Es un patán, y también un suicida nato. Antes de la tragedia se fumaba a diario una cajetilla y media de cigarrillos. Después que ocurrió, un día se iba a cortar el cuello con un cuchillo, pero su mujer le tiró una plancha para salvarlo y le partió los dientes. Lo que no hizo más que enfurecerlo y que le gritara "hijueputa", la palabra que mejor le salía. En sus apreciaciones no se ahorra las malas palabras y los insultos. Cerdo para referirse a un vecino; estúpida para referirse a su mujer; culo y cogida en una disquisición sobre la vida. El estilo agrio y cáustico, terriblemente realista de este hombre es el que marca el tono de la novela. Y, como dice Villón en aquella balada de las contra verdades, en su furia no le falta razón. Dice, por ejemplo, que la principal causa de infelicidad en las personas es porque hacen lo que no les gusta. Vivimos rodeados de gente que odia su trabajo y no se atreven a seguir sus ideales por miedo y porque en muchos casos iría contra las reglas del rebaño. Claramente algunos de sus postulados, en los que la supervivencia del más fuerte por medio de la violencia marcaría la pauta, trastornarían a la sociedad.

Otros aspectos que vertebran la historia son los apartes de la vida del Libertador que el personaje leyó en el Diario de Bucaramanga, de Luis Perú de Lacroix, el general que batalló en los ejércitos de Napoleón Bonaparte y del mismo Simón Bolívar. La novela abre con una cita suya, que es en esencia una nota de despedida. Tras varios avatares políticos, Lacroix regresó derrotado a Francia, su país de origen, y se dio muerte. En la casa del personaje hay un cuadro de Lacroix, o "Lacruá" (así escrito en la novela, tal como se pronuncia) al que cuando observa parece burlarse de él, como un espejo que le recuerda lo cómico de su propia miseria. Por lo demás, pueden llegar a aburrir los capítulos donde se larga a teorizar sobre la sociedad y la política, parrafadas de género ensayístico que tienden a ralentizar la historia, y lo tornan algo dogmático, prepotente, como esos predicadores religiosos que posan de máximos poseedores de la verdad. No obstante, refuerza en el personaje su visión del mundo, le da coherencia. Todos a su alrededor excepto él están sumidos en la oscuridad. Hacia el final descubrimos que como humanos tendemos a subestimar a los demás, lo cual es un error capital. La vida te da sorpresas...

El día de mañana encontrarán su cadáver, tal vez muerto de muerte natural, tal vez muerto por mano propia, harto del hastío de una vida mutilada. No cualquiera empatiza ni se aguanta un tipo así. Lo mejor que podemos hacer es tratar de comprenderlo. Recuerdo que cuando leí la obra (la encontré gratis en internet, estaba en formato de Word) por recomendación de una compañera de universidad, me produjo una honda impresión, tenía un lenguaje llano de frases cortas, nada recargado ni artificioso; desde mi entonces limitada experiencia lectora, sentí que había encontrado una joya. Ahora que la he vuelto a leer (otra vez por internet), sigo pensando igual. Esta nouvelle fue ganadora del premio de novela corta Juan Rulfo, otorgado por Radio Francia Internacional en el año 2009. Por diversas razones, se publicó de manera oficial en 2015. La he buscado pero desafortunadamente no se encuentra en las librerías de mi ciudad. Fácilmente puedo prestarla en la biblioteca, pero quisiera tenerla para mí. Hace tiempo le escribí al autor un email donde le preguntaba por el libro. Ahora que lo pienso, esa no fue sino una excusa para hablar con él. Qué iluso. Le pedí todos sus libros. No sé dónde leí que lo mejor que uno podía decirle a un escritor que admira es pedirle todos sus libros. El primer email lo respondió; el siguiente lo ignoró. A los dioses no hay que molestarlos. Si no encuentro ese libro, quizá lo preste en la biblioteca y haga la de Roberto Bolaño: robarlo.

domingo, 24 de noviembre de 2024

GOLERO


Foto de Joana Ribeiro Sabino



Tarde de domingo.
Me acabo de despertar
pero es como si aún 
estuviese dormido.
Limpio la seca legaña 
de mis ojos embotados.
No tengo nada que hacer;
bien podría seguir durmiendo.

Agarro un libro de poemas
junto a mi cama, recojo
la cortina de la ventana, 
la luz invade el cuarto,
deslizo la hoja de vidrio
y me acuesto de nuevo, 
esta vez a leer. 

Pero no estoy en el poema.
Lo leo sin atención.
Me pierdo en él.
Me detengo. Miro
a través del vidrio 
de la ventana. El cielo 
es un diamante en bruto, 
su empañado brillo ciega 
mis ojos embotados, 
a la vez que una música 
popular de pick up
penetra en la estancia 
como un cuchillo: 
suena una champeta.

Pienso en otra noche más 
desperdiciada, zampado
en las redes sociales.
Y ¿así quiero ser escritor?

Fuera, 
ante la ventana abierta
una turba de mosquitos 
sobrevuelan borrachos, 
desesperados; en el aire
se arremolinan, zigzaguean
sin decidirse a entrar.
Más allá veo 
una lejan
ave negra ascender,
lentamente, en espiral 
bajo el cielo gris, 
como un surfista en la playa
a punto de comerse una ola.
Es un golero, 
súbdito de la muerte.

Cierro la ventana,
no vengan a meterse 
los mosquitos.
 
Continúo la lectura.

sábado, 23 de noviembre de 2024

ASPIRANTE A ESCRITOR

   
"Leer. Era una costumbre que tenía desde el bachillerato. Fue por eso que entró a estudiar la carrera de letras en la universidad. Estando allá se le dio también por escribir. Incluso asistió a un grupo literario y se matriculó en un curso de escritura creativa, pero en el primero, luego de unas pocas sesiones se desanimó y descubrió que en medio de esa bandada de aves de corral no iba a aprender, y en las clases del curso de escritura se la pasó escuchando las estulticias que la profesora de literatura solía contar, no lo que necesitaba saber: bibliografía, técnicas de escritura, construcción de personajes, etcétera. Y al final de la carrera se aisló de tal manera en su caótico mundo interno que entró en la órbita de la procrastinación, su tesis de grado se estancó, no porque quisiera sino porque no podía concentrarse, así que decidió ponerse a trabajar. Llevaba en ese son alrededor de once años, postergando lo impostergable. Había hecho todo tipo de trabajos informales y casi nadie lo contrataba formalmente, ya que le pedían experiencia certificada. En todo el tiempo que estuvo varado sólo dos empresas lo habían contratado. En una fue domiciliario de pollo frito, donde duró tres meses y renunció. En la otra fue estibador en el puerto y duró poco más de un año; y habría seguido trabajando allí si no fuera por el accidente que tuvo."
    

sábado, 16 de noviembre de 2024

COLOMBIA, UNA SELECCIÓN DE PECHOS FRÍOS



Parece una historia de nunca acabar. Ni siquiera es reciente. Viene desde la época del Pibe Valderrama y compañía. Siempre es lo mismo. Juegan como nunca y pierden como siempre. ¿Todo por qué? Un despiste, exceso de inocencia, en fin. Los jugadores colombianos no parece que fuesen del continente americano, esta tierra donde una raza autóctona es capaz de mostrar lo que sólo ella puede: la malicia indígena. Ayer, al ver el partido de Colombia ante Uruguay, me convencí de que por las venas de aquellas inocentes mariposas cafeteras no corre sangre vernácula.
No vale la pena describir el minuto a minuto del partido. Empezaron bien, aparentemente, con una tocata ejemplar, ejemplar. Vaya. Uruguay no tenía nada. No tenía creación de juego. Colombia se plantaba como dueño y señor, pero a algunos de sus jugadores insignes no se les veía el nivel a que nos tienen acostumbrados, como Davinson Sánchez, Daniel Muñoz y hasta el novato de Juan C. Portilla, quien reemplazó a Jefferson Lerma, dejó muchas dudas. Colombia no tiene recambio. Y los titulares normalmente no están en óptimas condiciones. Eso se ve en cada partido. Si alguno falla en su actuación, los demás no dan abasto, porque Colombia no es un equipo que tenga, ahora, individualidades que vayan a solucionar partidos. Si una de las piezas falla, todo lo demás se derrumba. Lo vimos en la final de la Copa América, cuando un dormido Carlos Cuesta dejó pasar al delantero argentino y nos cobraron factura.
El gol de Juan Fernando Quintero, que no es titular, llegó mientras más estaban jugando bien y, sin embargo, fue en una pelota parada. Lo lógico era un centro al área chica, puesto que el ángulo más adecuado para patear directo al arco le convenía a un diestro, y él es zurdo. Pero pateó por fuera de la barrera y el balón se enroscó hacia la base del primer palo. Qué felicidad de gol.
La felicidad no duró mucho. En el segundo tiempo empezaron a notarse los huecos defensivos, las llegadas a destiempo de Muñoz, las falencias de Sánchez y Lucumí. Johan Mojica se comportó con valor en todo momento. ¿Y Jhon Arias? Había desaparecido en el medio campo y sólo se supo que estaba jugando cuando el técnico lo sacó. Lo acompañaban Richard Ríos, a quien se le veían más ganas que juego en sí, y Quintero. Arriba Luis Díaz quería comerse el mundo y se lo comieron a él. Y Jhon Durán tampoco hizo nada, salvo una jugada en la que casi marca gol si no fuera porque el portero uruguayo metió la mano.
Todo parecía ir sobre ruedas hasta que vino el autogol de Davinson Sánchez. De ahí en adelante vimos en acción a la garra charrúa. Su fuerza y empuje nos dice que no basta jugar bien para merecer un resultado; que en el fondo es lo de menos. Prevalece la malicia, todo cuanto perturbe la concentración del oponente. Y eso le sobra a Uruguay.
¿A qué se deberá tanta inocencia del jugador colombiano? Los demás goles lo que hicieron fue abrir más la herida que nos duele. El técnico argentino no se queda atrás. Decidió meter a Jerry Mina, a nada más y nada menos que al invisible de Santos Borré y a un desconocido Gómez que, no obstante, hizo posible el segundo gol de los nuestros. Pero, ¿hasta cuándo? Sólo Dios sabe. Si nuestra selección quiere coronarse como una de las mejores del mundo, estos son los partidos que hay que ganar, porque no son partidos cualquiera, son como finales. Así se cambia la historia.

Por mi parte, este va a ser el último partido que vi de la selección Colombia. No hay ninguna razón para poner las ilusiones en una selección de pechos fríos, hombres de carácter blando.

sábado, 27 de julio de 2024

Realismo


   Realismo uno

   En todos los idiomas y en todos los tonos se discute este concepto: realismo. Se lo confunde con naturalismo fotográfico; se lo vincula a la vulgaridad, a la pornografía, a la pobreza imaginativa; se lo opone al subjetivismo, o, quizá por considerarlo demasiado difuso y pálido, se le cuelgan cintas de colores -realismo crítico, realismo socialista, realismo mágico-, y sobre todo se lo usa como concepto para inventar novelas pésimas. Por mi parte no creo que el realismo pueda ser definido sin que sufra alguna seria mutilación y sin que ipso facto, y según quién o cómo lo defina, nos veamos obligados a expulsar del realismo, por turno, a casi todas las grandes obras realistas de la literatura universal. Si Ana Karenina es realista, el Quijote no lo es; si Balzac, no Shakespeare. Descartada la posibilidad de decretar una unidad de medida de estilo del metro de París, parece sensato admitir el siguiente hecho: cada época, cada pueblo -cada artista-, expresan su versión de la realidad: una versión historizada, subjetiva y fatalmente parcial e imaginaria. La realidad es más vasta y más cambiante, y más sorprendente, de lo que capta por lo general un profesor de estética. Vivir en Grecia, en tiempos de Homero y no hablar de dioses, coturnos alados y gigantes de un solo ojo, siendo poeta, hubiera sido una casi monstruosa mistificación de la realidad. La objeción de que gigantes y dioses no existían es harto bárbara. En principio, porque si Homero no cabe en el realismo, peor para el realismo, y luego porque la realidad -la confusa y mítica y disparatada realidad humana- admite dragones y centauros, toneles donde encerrar los vientos, y violaciones de muchachas del tamaño de un clítoris, sobre todo si uno vive en la Hélade unos mil años antes de Cristo. Y digo "sobre todo" por una especie de cortesía.
    En suma, no siendo el realismo ni una escuela ni una moda, y siendo la literatura un arte humano -sujeto sólo a las condiciones históricas y al talento de cada cual- no es difícil admitir que, incluso en una misma época, el realismo asumirá formas diversas y aun antagónicas, si se lo piensa desde realidades opuestas. Como definición, deja mucho que desear, me doy cuentas, pero tiene el modesto mérito de ser la verdad.


    Realismo dos

    El realismo bien entendido no es una escuela, ni una corriente, no otra cosa alguna por el estilo; es el único modo de hacer obras de ficción. Incluso, obras fantásticas.


Abelardo Castillo, Ser escritor   

Neurosis

"El proceso creador no es doloroso, aunque sí es un trabajo duro. Escribir es una ocupación muy absorbente y, a veces, agotadora. Uno s...