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sábado, 16 de noviembre de 2024

COLOMBIA, UNA SELECCIÓN DE PECHOS FRÍOS



Parece una historia de nunca acabar. Ni siquiera es reciente. Viene desde la época del Pibe Valderrama y compañía. Siempre es lo mismo. Juegan como nunca y pierden como siempre. ¿Todo por qué? Un despiste, exceso de inocencia, en fin. Los jugadores colombianos no parece que fuesen del continente americano, esta tierra donde una raza autóctona es capaz de mostrar lo que sólo ella puede: la malicia indígena. Ayer, al ver el partido de Colombia ante Uruguay, me convencí de que por las venas de aquellas inocentes mariposas cafeteras no corre sangre vernácula.
No vale la pena describir el minuto a minuto del partido. Empezaron bien, aparentemente, con una tocata ejemplar, ejemplar. Vaya. Uruguay no tenía nada. No tenía creación de juego. Colombia se plantaba como dueño y señor, pero a algunos de sus jugadores insignes no se les veía el nivel a que nos tienen acostumbrados, como Davinson Sánchez, Daniel Muñoz y hasta el novato de Juan C. Portilla, quien reemplazó a Jefferson Lerma, dejó muchas dudas. Colombia no tiene recambio. Y los titulares normalmente no están en óptimas condiciones. Eso se ve en cada partido. Si alguno falla en su actuación, los demás no dan abasto, porque Colombia no es un equipo que tenga, ahora, individualidades que vayan a solucionar partidos. Si una de las piezas falla, todo lo demás se derrumba. Lo vimos en la final de la Copa América, cuando un dormido Carlos Cuesta dejó pasar al delantero argentino y nos cobraron factura.
El gol de Juan Fernando Quintero, que no es titular, llegó mientras más estaban jugando bien y, sin embargo, fue en una pelota parada. Lo lógico era un centro al área chica, puesto que el ángulo más adecuado para patear directo al arco le convenía a un diestro, y él es zurdo. Pero pateó por fuera de la barrera y el balón se enroscó hacia la base del primer palo. Qué felicidad de gol.
La felicidad no duró mucho. En el segundo tiempo empezaron a notarse los huecos defensivos, las llegadas a destiempo de Muñoz, las falencias de Sánchez y Lucumí. Johan Mojica se comportó con valor en todo momento. ¿Y Jhon Arias? Había desaparecido en el medio campo y sólo se supo que estaba jugando cuando el técnico lo sacó. Lo acompañaban Richard Ríos, a quien se le veían más ganas que juego en sí, y Quintero. Arriba Luis Díaz quería comerse el mundo y se lo comieron a él. Y Jhon Durán tampoco hizo nada, salvo una jugada en la que casi marca gol si no fuera porque el portero uruguayo metió la mano.
Todo parecía ir sobre ruedas hasta que vino el autogol de Davinson Sánchez. De ahí en adelante vimos en acción a la garra charrúa. Su fuerza y empuje nos dice que no basta jugar bien para merecer un resultado; que en el fondo es lo de menos. Prevalece la malicia, todo cuanto perturbe la concentración del oponente. Y eso le sobra a Uruguay.
¿A qué se deberá tanta inocencia del jugador colombiano? Los demás goles lo que hicieron fue abrir más la herida que nos duele. El técnico argentino no se queda atrás. Decidió meter a Jerry Mina, a nada más y nada menos que al invisible de Santos Borré y a un desconocido Gómez que, no obstante, hizo posible el segundo gol de los nuestros. Pero, ¿hasta cuándo? Sólo Dios sabe. Si nuestra selección quiere coronarse como una de las mejores del mundo, estos son los partidos que hay que ganar, porque no son partidos cualquiera, son como finales. Así se cambia la historia.

Por mi parte, este va a ser el último partido que vi de la selección Colombia. No hay ninguna razón para poner las ilusiones en una selección de pechos fríos, hombres de carácter blando.

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