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domingo, 22 de diciembre de 2024

Un übermensch malogrado

Reseña de Mañana, cuando encuentren mi cadáver, novela de Adolfo Ariza Navarro.




Hace años estaba yo en el centro de la ciudad y, al cruzar una avenida, vi una señora de avanzada edad, humilde, que iba en un estado deplorable: llevaba muletas y caminaba con mucha dificultad, pues tenía una pierna enyesada. Yo me le acerqué y traté de ayudarla a cruzar por la cebra. Pero ella, con una expresión dura en su rostro arrugado, apartó el brazo y vociferó una serie ininteligible de vulgaridades. No tuve más remedio que seguir mi camino. Me di cuenta de cuánta amargura había en su alma, cuánto dolor, cuántos golpes de la vida habría recibido aquella mujer para despotricar así. Bueno, esto viene a cuento porque al pensar en el protagonista de Mañana, cuando encuentren mi cadáver, aunque son casos distintos, en los dos habita el mismo rencor, la misma rabia, la misma impotencia de su situación.

El protagonista de Mañana... es quien narra la historia. Pero él sería más bien un no-protagonista, porque, debido a un accidente de tránsito que lo dejó inútil, ya no puede tomar parte en la vida, y la observa, la analiza desde una silla de ruedas. Es incapaz de comunicarse, una afasia motora lo aísla del mundo. "Dentro de mí, pensamiento y palabra no concuerdan. Lo que sale de mis labios no es lo que suelo pensar ni lo que espero decir. Lo que pienso y desearía decir, siempre es peor. Hay alguien que lleva las riendas dentro de mí. No me deja expresar. Me mantiene frenado, como con una rienda de caballo". Adolfo Ariza utiliza la técnica del monólogo interior para meternos en la mente del anónimo sujeto. Y desde allí lo vemos, o mejor, lo escuchamos dinamitar la realidad, volarla en miles de pedazos. García Márquez dijo una vez en una entrevista que su mayor deseo era observar la vida desde la muerte. Este parece ser un buen ejemplo de ello. Es como si se mirara el mundo a través del orificio de un ataúd, o de una pared, tal como el protagonista mirón de Infierno, de Henri Barbusse. Nada conforme, sopesa y juzga desde una perspectiva individualista, anárquica, contraria a toda convención social; lo hace con una mueca burlona y mordaz en el rostro, develando todo el absurdo cotidiano que los demás ponen en marcha de forma maquinal.

Su mirada lúcida se pasea por las calles de su ciudad, de su barrio y su gente. Disecciona un mapa moral de los modelos de comportamiento que a simple vista son normales en una sociedad, pero en cuyo fondo subyace la locura. Acaso él también pudiera estar loco. Sus reflexiones nos muestran ese lado de la moneda que nadie quiere o querría contemplar, por ser demasiado outsiders. Es un cabrón, pero, pobre hombre. Si su esposa, la mujer que lo tiene a su cuidado, pudiera comprenderlo, quizá encontrara un triste paliativo para su profundo dolor; sin embargo es la que menos lo entiende cuando trata de decirle algo. La considera una imbécil, entre otras cosas porque se mantiene a su lado aún después del accidente. Ella le dice que él haría lo mismo si estuviera en su lugar. Él se burla de su ingenuidad. Claro que no lo haría. Estando así, su esposa está más tranquila y hasta se alegra porque ya no puede tener amantes. Era un tipo promiscuo, dueño de un buen trozo de carne, por el cual su pena no fuese tan amarga si no hubiera sido una de las víctimas del siniestro.

Este übermensch malogrado de la costa caribe colombiana, sin voluntad de poder, cita a Nietzsche como si tal cosa y es capaz de señalar una falla lógica del filósofo alemán. Su vasta cultura no impide que se exprese con groserías. Es un patán, y también un suicida nato. Antes de la tragedia se fumaba a diario una cajetilla y media de cigarrillos. Después que ocurrió, un día se iba a cortar el cuello con un cuchillo, pero su mujer le tiró una plancha para salvarlo y le partió los dientes. Lo que no hizo más que enfurecerlo y que le gritara "hijueputa", la palabra que mejor le salía. En sus apreciaciones no se ahorra las malas palabras y los insultos. Cerdo para referirse a un vecino; estúpida para referirse a su mujer; culo y cogida en una disquisición sobre la vida. El estilo agrio y cáustico, terriblemente realista de este hombre es el que marca el tono de la novela. Y, como dice Villón en aquella balada de las contra verdades, en su furia no le falta razón. Dice, por ejemplo, que la principal causa de infelicidad en las personas es porque hacen lo que no les gusta. Vivimos rodeados de gente que odia su trabajo y no se atreven a seguir sus ideales por miedo y porque en muchos casos iría contra las reglas del rebaño. Claramente algunos de sus postulados, en los que la supervivencia del más fuerte por medio de la violencia marcaría la pauta, trastornarían a la sociedad.

Otros aspectos que vertebran la historia son los apartes de la vida del Libertador que el personaje leyó en el Diario de Bucaramanga, de Luis Perú de Lacroix, el general que batalló en los ejércitos de Napoleón Bonaparte y del mismo Simón Bolívar. La novela abre con una cita suya, que es en esencia una nota de despedida. Tras varios avatares políticos, Lacroix regresó derrotado a Francia, su país de origen, y se dio muerte. En la casa del personaje hay un cuadro de Lacroix, o "Lacruá" (así escrito en la novela, tal como se pronuncia) al que cuando observa parece burlarse de él, como un espejo que le recuerda lo cómico de su propia miseria. Por lo demás, pueden llegar a aburrir los capítulos donde se larga a teorizar sobre la sociedad y la política, parrafadas de género ensayístico que tienden a ralentizar la historia, y lo tornan algo dogmático, prepotente, como esos predicadores religiosos que posan de máximos poseedores de la verdad. No obstante, refuerza en el personaje su visión del mundo, le da coherencia. Todos a su alrededor excepto él están sumidos en la oscuridad. Hacia el final descubrimos que como humanos tendemos a subestimar a los demás, lo cual es un error capital. La vida te da sorpresas...

El día de mañana encontrarán su cadáver, tal vez muerto de muerte natural, tal vez muerto por mano propia, harto del hastío de una vida mutilada. No cualquiera empatiza ni se aguanta un tipo así. Lo mejor que podemos hacer es tratar de comprenderlo. Recuerdo que cuando leí la obra (la encontré gratis en internet, estaba en formato de Word) por recomendación de una compañera de universidad, me produjo una honda impresión, tenía un lenguaje llano de frases cortas, nada recargado ni artificioso; desde mi entonces limitada experiencia lectora, sentí que había encontrado una joya. Ahora que la he vuelto a leer (otra vez por internet), sigo pensando igual. Esta nouvelle fue ganadora del premio de novela corta Juan Rulfo, otorgado por Radio Francia Internacional en el año 2009. Por diversas razones, se publicó de manera oficial en 2015. La he buscado pero desafortunadamente no se encuentra en las librerías de mi ciudad. Fácilmente puedo prestarla en la biblioteca, pero quisiera tenerla para mí. Hace tiempo le escribí al autor un email donde le preguntaba por el libro. Ahora que lo pienso, esa no fue sino una excusa para hablar con él. Qué iluso. Le pedí todos sus libros. No sé dónde leí que lo mejor que uno podía decirle a un escritor que admira es pedirle todos sus libros. El primer email lo respondió; el siguiente lo ignoró. A los dioses no hay que molestarlos. Si no encuentro ese libro, quizá lo preste en la biblioteca y haga la de Roberto Bolaño: robarlo.

Neurosis

"El proceso creador no es doloroso, aunque sí es un trabajo duro. Escribir es una ocupación muy absorbente y, a veces, agotadora. Uno s...