Foto de Joana Ribeiro Sabino
Tarde de domingo.
Me acabo de despertar
pero es como si aún
estuviese dormido.
Limpio la seca legaña
pero es como si aún
estuviese dormido.
Limpio la seca legaña
de mis ojos embotados.
No tengo nada que hacer;
bien podría seguir durmiendo.
bien podría seguir durmiendo.
Agarro un libro de poemas
junto a mi cama, recojo
la cortina de la ventana,
la luz invade el cuarto,
deslizo la hoja de vidrio
y me acuesto de nuevo,
esta vez a leer.
Pero no estoy en el poema.
Pero no estoy en el poema.
Lo leo sin atención.
Me pierdo en él.
Me detengo. Miro
a través del vidrio
Me detengo. Miro
a través del vidrio
de la ventana. El cielo
es un diamante en bruto,
su empañado brillo ciega
mis ojos embotados,
a la vez que una música
popular de pick up
penetra en la estancia
como un cuchillo:
suena una champeta.
Pienso en otra noche más
desperdiciada, zampado
en las redes sociales.
Y ¿así quiero ser escritor?
Fuera,
ante la ventana abierta
una turba de mosquitos
sobrevuelan borrachos,
desesperados; en el aire
se arremolinan, zigzaguean
sin decidirse a entrar.
Más allá veo una lejana
Más allá veo una lejana
ave negra ascender,
lentamente, en espiral
bajo el cielo gris,
como un surfista en la playa
a punto de comerse una ola.
Es un golero,
súbdito de la muerte.
Cierro la ventana,
no vengan a meterse
los mosquitos.
Continúo la lectura.
