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miércoles, 21 de octubre de 2020

Gnoseología


-El camino hacia el infierno, está empedrado de buenas intenciones.

-Y el camino hacia el cielo, ¿está empedrado de malas intenciones?

sábado, 25 de julio de 2020

Levitación


Era como si yaciese sobre una nube, no había en mi cabeza un solo pensamiento que me atormentara el alma o la pusiera feliz. No sentía mi cuerpo ni lo que lo sostenía, era una sensación de liviandad, de vacío espiritual; mi mente estaba en blanco, lo cual es raro en mí, yo que siempre ando imaginándome cosas. 

lunes, 24 de febrero de 2020

El Síndrome de la Juventud


Vivir como si el mundo fuese a acabarse mañana, con el pie en el acelerador, a fondo. El Síndrome de la Juventud. Oh Maestros. "Vive el hoy como si fuese tu último día", he escuchado siempre. Ya habrá tiempo de parar. Son todos los hermosos caballos.

miércoles, 3 de julio de 2019

Eso es mejor, para mí


Me siento infinitamente mejor viendo a una persona orgullosa, altiva, que no le habla a nadie por "factedad" o por lo que sea, que viendo a una persona triste y desgraciada.

sábado, 20 de abril de 2019

Vivir y morir en USA. Los mejores cuentos policíacos de Akashic Noir

Los mejores cuentos policíacos de Akashic Noir
Selección y prólogo de Johnny Temple

Un día yo buscaba libros de Joyce Carol Oates en la base de datos de la biblioteca y me salió este título. Lo presté al ver que era una antología de relatos policíacos. Desde hace un tiempo para acá vengo leyendo mucho del género, tanto novela como cuento. Ya he leído a unos cuantos clásicos: a Hammett, a Goodis, a Caín. A Carol Oates la leí por primera vez en una antología llamada American Noir, editada por Otto Penzler y James Ellroy. (En esa antología conocí a varios titanes contemporáneos, empezando por el mismo Ellroy, siguiendo con Lehane, Block, etcétera. Hablo sólo de autores norteamericanos). La escritura de Carol Oates me pareció entonces artística, delicada.

En Vivir y morir en USA volví a encontrar a D. Lehane, a L. Block y a Carol Oates; a los demás no los conocía. Lo que más me cautiva de un texto es su originalidad, en la forma y en el fondo. Desafortunadamente casi todos los cuentos de esta colección, a excepción del de Oates, parecen escritos por un mismo autor. El estilo es prácticamente el mismo. Lo que cambia es la historia y, no obstante, todas tienen algo en común. Bueno, todas no; no puedo decirlo porque sólo leí la mitad de los relatos. Los que leí tienen en común el asesinato, el crimen, y quien lo comete goza de impunidad, aunque no siempre se libra, como en el caso de Mulholland Dive, de MichaeConnelly. En ese cuento un tipo se dedica a convencer a mujeres incautas de asesinar a sus maridos adinerados. Los maridos terminan accidentados mientras van manejando por la carretera.Todo está planeado por el tipo, que les hace un trabajo a sus carros para que fallen en determinado momento; las esposas le pagan por el trabajo y como este está bien hecho, no hay sospechas de la leySin embargo, el fin del tipo llega también con un accidente en la carretera. Su carro se vuelca y cae en un agua. Una suerte de justicia divina. 

En otros cuentos el criminal es ajusticiado por la autoridad. Pero no me pondré a hablar a fondo de lo que leí. Por otro lado, todos los cuentos están por secciones, es decir, por tema; y cada sección trata el mismo tema pero en los cuentos se aborda desde puntos de vista diferentes. Me gustó bastante el de Hall. Demasiado cerca de lo real es muy bueno, excelente la manera sencilla que utiliza su autor para mostrar el concepto de "valle inquietante" y meternos de lleno en la historia. En el texto de Maggie Estep, la protagonista, Alicia, es una apostadora profesional que se gana la vida con las carreras de caballos (lo curioso: el cambio que se da en ella cuando ve que el novio, al cual no quería, mata a aquel viejo)El frasco rojo como la rosa y su referencia a Poe también me gustó. 

viernes, 19 de abril de 2019

Un asunto vulgar - Arkady Avérchenko



Ahorita leí por internet un cuento de Arkady Avérchenko -autor ruso del que apenas conozco nada- llamado "Un asunto vulgar".

La historia: por una fría calle de alguna ciudad rusa, en la noche antes de Navidad, un pintor y un escritor se dirigen a una fiesta infantil en casa de un amigo editor (probablemente la hija de este cumple años. Pero ¿es en serio?, ¿van para una fiesta infantil?). En el camino se encuentran a un niño que tirita de frío. El niño es un pobre huérfano que no tiene a nadie en el mundo, sólo la caridad de las personas de buen corazón. Al verlo, el pintor y el escritor comienzan a divagar sobre este hecho. Lo interesante de la conversación es que ellos no centran su atención en la realidad del niño. Antes de encontrarlo, el escritor venía hablándole a su amigo sobre la escritura de cuentos navideños; le decía al pintor que los cuentos de Navidad eran difíciles de hacer. Porque, según él, había que desarrollar un tema vulgar, un tema en el que episodios trágicos de la vida apelaran al sentimentalismo para hacernos condoler, cosa que miraba con extrema reticencia. El asunto vulgar del cuento es la situación de aquel niño muriéndose de frío en la calle, ante la cual los personajes se muestran, por decirlo de alguna manera, "asqueados", sobre todo el escritor (el pintor le insta para ayudar al niño, pero el escritor le dice en pocas palabras: no somos las hermanas de la caridad). Y simplemente se van, dejando al pequeño en una muerte segura. Como si el hecho de ayudarlo fuese a resolver el problema. "No". Esto lo pensaría el escritor, cuya actitud, indolente y despectiva, es la característica más visible y espantosa de la gran civilización. Del hombre mismo.

Al leer "Un asunto vulgar", me fue inevitable pensar en Dostoievski, quien tiene un cuento titulado "El niño ante el árbol de Navidad". En él trata, precisamente, el tema del niño huérfano que se muere una noche en las heladas calles de Petersburgo, la víspera de Navidad. Dostoievski, por el contrario, hace que nos condolamos de su niño. Nos lleva con él a través de las sensaciones que experimenta; nos llena de tanta emotividad que uno siente el frío que él siente, su hambre, recibimos los golpes que le propinan algunas personas mientras ve por las puertas o las ventanas de las casas. Sufrimos lo que el personaje y estamos a la expectativa de lo que pueda suceder. Pero el tono fatalista del relato, las descripciones, todo, poco a poco nos va resignando, nos va anestesiando el ánimo, preparándonos para lo peor, y lo peor ocurre. El niño muere cuando se queda dormido en un lugar donde, si mal no recuerdo, hay maderos de leña. Él sueña con la madre de Jesús, que se lo lleva para el cielo y allá encuentra la compañía de otros niños ante un inmenso árbol de Navidad.

El autor de "Un asunto vulgar" se burla de esos cuentos sentimentales. Se burla de Dostoievski. Poco importan las tragedias de la gente más desfavorecida; este tipo de historias no conmueven a personas como las que ellos, los protagonistas, conocen; personas que están arriba en la escala social. "No, más vale no contarlo. ¡Un niño que se muere de frío! ¡Qué vulgaridad! Es una cosa que no puede tomar en serio ninguna persona dotada de un poco de gusto literario". Son las palabras de Dojov, el escritor. En el cuento, Dojov había escrito ya historias de navidad, en donde podía encontrarse  ese mismo niño huérfano como protagonista. Y ahora que pasaba con Poltorakin por aquella calle lo tenían frente a sus narices, en carne y hueso. Pudieron ayudarlo y, sin embargo, no lo hicieron. ¿Por qué? Con sólo que lo hubieran contado a sus amistades, se habrían reído de ellos. 

He averiguado de Wikipedia que Arkady Avérchenko, conocido como "El Rey de la Risa", fue uno de los escritores satíricos más populares de la Rusia de los años previos a la Revolución de 1917.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Tú puedes hacerlo también


Hace algún tiempo mi abuelo me contó algo. Me contó que cuando él era joven y tenía unos veinte años más o menos, conoció en cierta ocasión a un hombre muy peculiar, extraordinario; con ese hombre entabló una amistad breve y pasajera. Era un aventurero y tan buen trabajador del campo como mi abuelo. Un día que estaban juntos bebiendo ron en la cantina del pueblo, el aventurero le dijo a mi abuelo: "Pon mucha atención a lo que voy a hacer", y concentrándose en un vaso que había sobre una de las mesas de la cantina, lo alzó con la mirada desde donde estaba sentado y, flotando el vaso en el aire, lo puso en otra mesa. Entonces le dijo a mi abuelo: "¿Por qué no lo haces? Vamos, tú puedes hacerlo también". Pero mi abuelo fue incapaz de hacerlo, según me dijo; no sabía cómo era posible aquello. Así mismo, él tampoco sabía ni llegó a saber nada de aquel hombre en realidad, excepto que era amigo personal del párroco del pueblo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Cita


"Como no he llegado aún a la edad en que se inventa, me contento por lo pronto con referir".

lunes, 10 de diciembre de 2018

Tentativa de relato


J., un amigo de toda la vida, me llamó por teléfono la semana pasada. No lo identifiqué en el acto porque la pantalla de mi alcatel está dañada y no se ve nada; sé quién me llama sólo después que contesto.

-¿Aló?

-Aló.

En vez de preguntar quién era, dije:

-¿Sí?

-Nojoda C., qué más, qué andas haciendo -reconocí la voz gruesa de J. al otro lado de la línea.

-Man, diligencias. Y ¿tú qué?

-Papi todo bien, aquí en el pueblo. Mi mamá me dijo que no te ha visto más correr en las mañanas. ¿Dónde estás?

-Acá en Cartagena. Me vine desde hace ya varios días.

-Hey, tenemos que hablar. Hace rato que no hablamos. Estoy trabajando en la gobernación. Es sólo por unos meses, pero algo es algo.

-Me alegra, man. Apenas regrese llego a tu casa. De pronto viaje mañana o pasado mañana.

-Yo voy a estar aquí hasta el martes. Pero llama cuando vengas a la casa, porque a veces estoy donde la suegra. Tenemos que echar la hablada.

-Todo bien que eso va.

-Quedamos así entonces.

-Ya.


miércoles, 1 de agosto de 2018

Soy un atleta


 "Rápido como una serpiente y tan duro como el hierro."
Goodis, Disparen sobre el pianista


Conocerse a sí mismo y saber quién se es son dos asuntos de no poca importancia. Medio entiendo que conocerse así mismo es llegar a ser consciente de tus debilidades y fortalezas, apunta más a la capacidad individual de cada persona; y saber quién eres involucra muchas otras cosas, como por ejemplo a tus padres, tus amigos, dónde naciste, dónde te criaste y todo lo que has vivido hasta ahora. A la final parece que fuera lo mismo. Tú sabes quién eres cuando te has conocido a fondo, intrínsecamente. Esto a veces resulta muy doloroso. O sea, el hecho de reflexionar sobre las circunstancias de tu vida y encontrar que has sido protagonista de una gran comedia de equivocaciones. La comedia, vivida en primera persona, no es graciosa. Lloras de rabia, de indignación por haber caído es probable en alguna trampa del camino. Has despertado. Pero ¡CUIDADO! El primer impulso revolucionario es decisivo. Estamos llenos de energía, es como un inmenso cauce atrapado que busca por donde salir. La luz de tu instinto se derrama sobre ti, y te guía. Entonces te pones a prueba para tratar... No, para tratar no, porque vas con todo el ímpetu que brota del corazón, sin dudar ni un segundo. Te lanzas para rescatar, cual si fueras tú tu mismo salvavidas, a la persona que se está ahogando en ese mar de emociones, incertidumbres, miedos. Hay que aprovechar la pasión que nos brindan los sentimientos intensos, seguir adelante y jamás volver la mirada atrás. Jamás. No venga a ser que el demonio de la resignación se aposente en nuestras ilusiones y nos volvamos tan pesados como una estatua de sal.

La verdad siempre ha estado ante nuestras narices, y uno, por despistado o por estúpido, no la ve con ojos claros. La vemos bajo el velo de los símbolos y las alegorías, no la comprendemos hasta que pasa el cataclismo.

Lo digo por experiencia propia. Llegué a estar tan deprimido y tan desmoralizado que pasaba varias horas del día en la cama-ataúd, durmiendo. Afortunadamente leía mucha literatura. Lo hacía para no perder del todo mi tiempo. Casi todos los días solía ir a la biblioteca del pueblo a leer. San Juan de la Cruz (sus tratados sobre la noche oscura del alma), Paul Auster (Trilogía de N. Y.), Rider Haggard (Las minas del rey Salomón), Henry James (La vida privada), Cesare Pavese y Bianca Garufi (Camino de sangre), Iván Turgueniev (Humo), G. K. Chesterton (Correr tras el propio sombrero y otros ensayos), Junichiro Tanizaki (La llave), etcétera. En pdf leí La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, un libro práctico, grandioso e iluminador. Por entonces viajaba con regularidad a esta ciudad y me iba para las librerías de viejo del parque C., y allá compraba libros baratos de autores geniales como Dostoievski, García Márquez, Onetti, Henry Miller, algunos de los cuales todavía no he leído. En una de esas librería encontré al profesor d'Arbó (El inmenso poder de la hipnosis) y a Joseph Murphy (Los milagros de su mente). Doy gracias a la vida por ello.

Un día decidí salir a correr todas las noches por la carretera a las afueras del pueblo. Después de realizar unos ejercicios de calentamiento en casa, me iba caminando hasta la salida del pueblo y con trote suave me internaba en la oscuridad de la carretera. Me llevaba dos botellitas de agua en cada mano. Sudaba como un caballo. Aumentaba la distancia cada semana, los domingos. Tengo que decir que empezaba a correr a las siete en punto de la noche. Luego de pocos meses dejé de hacerlo en la noche y me levantaba en la madrugada; a las cuatro en punto estaba allá, y me internaba en la oscuridad. Después, ya con el día claro, volvía a casa, me cambiaba la ropa sudada, me tomaba un jugo de zanahoria preparado por mi madre y me iba para el gimnasio. Duré siete meses en esta "penitencia". Todo salió bien, aunque recuerdo una caída que me pegué en una curva, cuando corría de noche; me golpeé duro la rodilla contra el pavimento, las botellitas de agua cayeron rodando sin destaparse. No me paré enseguida. Me quedé un momento derrumbado en el suelo, atontado y cansado. Cuando me paré, fui por las botellitas de agua, que no habían caído muy lejos, y seguí trotando. No recuerdo más caídas.

La gente pensaba que estaba loco, enfermo. Tenían razón: estaba deprimido y furioso. Aun así, iba a fiestas; bailaba, pero no tomaba. Me había dejado crecer el pelo y la barba. No hacía caso a nadie. No creía en nadie, sólo en mí.

Han pasado como tres o cuatro años desde aquello, y todavía sigo en la lucha. También he sido jardinero en una finca, recolector de café, vigilante, camarero de hotel. Me falta ser pirata, obrero en una planta industrial o en donde sea.

Si vas a morir, muere peleando.

Neurosis

"El proceso creador no es doloroso, aunque sí es un trabajo duro. Escribir es una ocupación muy absorbente y, a veces, agotadora. Uno s...